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El Nobel como juguete

Por: Abraham Nahmad
2026-01-19 14:48:20
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Sobre la decisión de María Corina Machado al “entregar” su medalla del Premio Nobel de la Paz a Donald Trump y lo que revela sobre símbolos, poder y dependencia en la política contemporánea.

La escena es extraña incluso antes de pensarla: una líder opositora venezolana “ofreciendo” su Premio Nobel de la Paz —un objeto simbólico, moral, casi litúrgico— a Donald Trump. No como ironía, no como provocación, sino como gesto serio. Como si se pudiera extender un trofeo de significado puro y esperar que del otro lado ocurra algo: responsabilidad, compromiso, adultez.

La imagen que no logro quitarme de la cabeza no es política, es doméstica. Un adulto agotado, frente a un niño berrinchudo, ofreciéndole un premio como consuelo: “no es el tuyo, pero míralo, tómalo”. Él sí quería un Nobel, pero no ese, ni de esa manera, ni de alguien más: quería el suyo propio, legítimo, aprobado por el comité. Y el niño, lejos de serenarse, aprende algo peligroso: gritar funciona.

Tal vez por eso la metáfora del niño se queda corta. Porque el problema no es solo el berrinche, sino la conciencia del efecto. El niño no mide consecuencias; un adolescente sí. El adolescente prueba límites, observa reacciones, aprende rápido qué maniobras le rinden poder.

Tratarlo como niño es tranquilizador. Pensarlo como alguien que entiende perfectamente lo que está haciendo vuelve la escena más incómoda.

No es un error moral.

Es un error de lectura.

Trump no opera en el registro del honor, ni del prestigio simbólico, ni siquiera del reconocimiento histórico. Opera en el terreno del capricho, de la humillación, de la transacción emocional inmediata. Esperar que un Nobel tuviera algún efecto es suponer que responde a reglas que no reconoce.

Cuando un símbolo se ofrece como regalo, deja de ser símbolo. Se vuelve objeto. El Nobel dela Paz, que en teoría reconoce trayectorias y consecuencias históricas, aquí aparece reducido a ficha de cambio: una baratija, una moneda sentimental, casi afectiva. No eleva al destinatario: Degrada el gesto.

Lo incómodo no es Trump —es perfectamente coherente en su brutalidad— sino la fantasía que provoca la entrega de María Corina: creer que su medalla puede mover algo en alguien que no reconoce símbolos. Como si no hubiera dejado claro, una y otra vez, que no juega a eso, que no escucha ese idioma, que no le importa. La acción la degrada al presentarse en actitud de súplica.

En el fondo, su intención revela algo más honesto y más frágil: la conciencia de que su poderes limitado. El regalo no es admiración; se inclina hacia la condescendencia. Termina siendo hasta humillante para quien lo ofrece, una súplica que no recibe nada a cambio. No dice “te respeto”, “te reconozco”, dice “ayúdame, te necesito”. Al pensar que con eso puede ganarse a Trump y que él la ayudará a ser presidenta de Venezuela, termina subestimándolo y sobreestimando su propio alcance.

Y aquí es donde la escena se enturbia.

Porque no todo es ridículo ni todo es ingenuo. Pensar que un intento moral puede mover a alguien como Trump no solo subestima su manera de operar, sino que revela algo más profundo: vivimos un momento en que las instituciones multilaterales pesan menos, los principios universales se negocian, y la política internacional se parece cada vez más a una mesa de cantina donde gana el que grita más fuerte y nadie paga la cuenta. En ese contexto ¿qué margen queda para quien ni siquiera tiene voz, cuyo intento de hacerse escuchar se pierde en el ruido ensordecedor de quien manda?

La pregunta no es si la iniciativa fue correcta o incorrecta. Es qué revela sobre nuestra relación con el poder: sobre la necesidad de seguir creyendo que los símbolos aún significan algo, cuando en realidad gobiernan los impulsos, las venganzas y las pantallas, y la voz de quien no grita se pierde en el estruendo.

Regalar un Nobel de la Paz a Trump no lo obliga a nada. Lo autoriza. Le confirma que con cada acción, el mundo termina orbitando su ego, que todos, tarde o temprano, aceptarán jugar en suterreno emocional. Ante el berrinche, el cuarto se reorganiza a su antojo.

Tal vez por eso la escena incomoda tanto: porque muestra la grieta entre lo que manda y lo que debería mandar. Entre lo que creemos que importa y lo que realmente mueve decisiones. Entre la política que pensamos seria y la que solo obedece a los impulsos.

No se trata de burlarse del Nobel ni de quien lo ofrece. Se trata de aceptar algo más incómodo: que hay poderes a los que no se les habla con símbolos porque no los reconocen. Que hay figuras que no se elevan con honores porque viven de rebajarlos.

Y ahí surge la pregunta que no tiene (una clara) respuesta: ¿Qué hacemos cuando las buenas intenciones se estrellan contra la indiferencia? ¿Seguimos fingiendo que importan? ¿O aceptamos que, a veces, premiar al berrinche es la forma más eficaz de perpetuarlo?

No tengo una solución, pero sí una sospecha: seguimos hablando de niños berrinchudos porque eso nos exonera. Pero el adolescente sabe, calcula y aprende; poner límites a alguien que ya maneja tus reflejos exige algo que casi nadie quiere asumir. No se le responde con premios; se le responde con límites. Y eso, ahora mismo, parece mucho más difícil que regalar símbolos.


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Abraham Nahmad

Abraham Nahmad es escritor y trabaja en el campo de la cultura visual y la moda entendida como lenguaje. Escribe sobre vida pública desde una perspectiva crítica y personal, atendiendo a las zonas de ambigüedad del discurso contemporáneo. Vive en la Ciudad de México. 

  

Zona gris es una columna sobre aquello que no encaja del todo: prácticas normalizadas, relatos repetidos y gestos cotidianos que operan entre lo público y lo privado, entre lo aceptable y lo incómodo. Un espacio para pensar lo común desde sus zonas opacas.

Contacto: nahmad.abraham@icloud.com