FORBES. Meta y Google acaban de perder una demanda de varios millones de dólares. El veredicto del jurado fue contundente: ambas compañías diseñaron intencionalmente plataformas adictivas que dañaron la salud mental sus usuarios, y no se trata de un caso aislado. En paralelo, los padres de una adolescente acusan a Meta de haber construido Instagram para generar dependencia, provocando daños documentados en su hija y en miles de jóvenes más. En Santa Fe, Nuevo México, otro jurado ordenó a la empresa pagar 375 millones de dólares por haber ocultado los riesgos que sus plataformas representan para menores de edad.
El escenario evoca, con inquietante precisión, los juicios que las tabacaleras comenzaron a perder a finales de los años ochenta. Entonces, se demostró que las empresas conocían desde hacía décadas el carácter adictivo de la nicotina y los daños que causaba, pero eligieron el silencio. Fueron obligadas a reconocerlo públicamente y a pagar indemnizaciones históricas a gobiernos estatales de Estados Unidos (American Cancer Society, 2023). La lección debería haberse aprendido, pero no fue así.
La autora Sarah Wynn-Williams documenta en Careless People que, dentro de Facebook, se identificaban momentos de vulnerabilidad emocional en adolescentes, por ejemplo, cuando eliminaban fotografías propias, para dirigirles publicidad de productos de belleza. Una práctica que, más allá de su evidente cuestionamiento ético, revela una arquitectura corporativa orientada a explotar la fragilidad, no a protegerla. El argumento de que la salud mental es un fenómeno complejo que no puede atribuirse a una sola plataforma es técnicamente cierto, pero resulta insuficiente cuando la evidencia acumulada apunta en una dirección tan clara.
“A que no puedes comer solo una”, ya no describe únicamente a las papas fritas. El scroll infinito opera bajo el mismo principio: permite consumir contenido sin interrupciones y acceder a información en fracciones de segundo, eliminando cualquier fricción que pudiera invitar a detenerse. Este diseño no es accidental, y activa el sistema de recompensa del cerebro mediante liberaciones de dopamina ante estímulos novedosos e impredecibles —un like, una notificación, un video nuevo— favoreciendo patrones de uso repetitivo y, en los casos más extremos, compulsivo. El mecanismo es funcionalmente idéntico al de las máquinas tragamonedas.(Jay Hilotin et al., 2023)
El resultado es predecible: dificultad para regular el tiempo de uso, necesidad creciente de estimulación constante y menor tolerancia al aburrimiento. Los efectos son especialmente preocupantes en niñas, niños y adolescentes. Jonathan Haidt lo documenta con rigor en “La generación ansiosa”: el uso intensivo de redes sociales y smartphones se asocia con un incremento significativo de ansiedad, depresión y otros trastornos de salud mental en jóvenes. No es una hipótesis; es una correlación respaldada por múltiples estudios longitudinales.
No obstante, el problema no se detiene en la adolescencia, ya que datos de Statista (de 2025) estiman que una persona dedica entre 2.5 y 3 horas diarias a redes sociales, con frecuencia durante la jornada laboral. En este contexto, las implicaciones para la productividad son directas: mayor estrés, menor capacidad de atención sostenida y el deterioro cognitivo asociado al multitasking, que fragmenta funciones ejecutivas clave como la memoria de trabajo y la toma de decisiones. A ello se suma el doomscrolling nocturno, el consumo prolongado de contenido negativo antes de dormir, que erosiona tanto la cantidad como la calidad del sueño y genera un ciclo de fatiga que se realimenta a sí mismo.
Y las empresas tecnológicas no desconocen estos efectos, sino que los conocen con la misma claridad con que las tabacaleras conocían los suyos. La diferencia es que el modelo de negocio de las plataformas digitales depende, en su núcleo, del tiempo de atención: a más tiempo conectado, más datos, más publicidad, más ingresos. Cambiar ese diseño implicaría cuestionar el fundamento mismo de su valoración en bolsa.
Por su parte, hay que tener en cuenta que el internet y las redes sociales son parte constitutiva de la vida moderna: facilitan el trabajo, la educación, la comunicación y el acceso a la información de una forma que hace imposible e innecesario imaginar un retorno al mundo analógico. De modo que el desafío no es eliminarlos, sino desarrollar una relación más consciente con ellos, haciendo hincapié en prevención, equilibrio y la detección oportuna de señales de alerta, tanto en el entorno familiar como en el laboral.
En el ámbito familiar, las recomendaciones son claras: evitar el acceso a redes sociales en menores de 13 años, supervisar activamente el uso entre los 13 y los 18, y establecer límites de tiempo en pantalla desde edades tempranas. En el trabajo, conviene formular políticas explícitas sobre el uso de plataformas, generar conciencia sobre los riesgos de la hiperconectividad y priorizar la comunicación presencial. Ante señales como el aislamiento progresivo, la desatención de responsabilidades, el incremento constante del tiempo de uso o las alteraciones del sueño, la intervención de un especialista en salud mental no es una opción: es una necesidad.
Las restricciones al tabaco tardaron décadas en llegar a América Latina, y durante ese tiempo, las empresas continuaron comercializando productos cuyos efectos nocivos conocían con detalle. Por lo tanto, si los gobiernos de la región esperan a que la evidencia sobre las plataformas digitales sea tan abrumadora como la del tabaco para actuar, el costo social ya habrá sido pagado, en buena medida, por una generación entera de jóvenes.
De esta forma, la responsabilidad regulatoria recae, en primera instancia, en el Estado. Pero no exclusivamente, porque informar, modelar conductas saludables y acompañar a quienes ya muestran un uso problemático de la tecnología, son compromisos que no pueden delegarse. La pregunta no es si esto va a regularse, sino cuántos juicios, cuántos estudios y cuántos adolescentes harán falta antes de que ocurra.