LA JORNADA. En la conferencia magistral La fosa común de los pobres, una exhumación de Autobiografía del algodón, la escritora Cristina Rivera Garza desenterró los recuerdos del proceso de escritura de su obra y llamó a rescribir constantemente la historia y preservar todas las voces posibles, sobre todo las de los más débiles y las de los muertos.
Frente a la audiencia en la sala Alfonso Reyes de El Colegio de México, y la virtual, en la plataforma de YouTube de la institución, la autora indicó que Autobiografía del algodón “es un libro entre la ficción y la no ficción, en el que exploro la experiencia migrante de mis abuelos paternos y maternos”.
Del lado paterno, “caminaron desde el altiplano en San Luis Potosí hasta Coahuila, a las minas de carbón; por otro lado, los integrantes de la familia, la materna, que se desarrolla muy cerca de la frontera con Estados Unidos, cruzan la frontera a muy temprana edad y durante los años 30 se ven expulsados de ese país que tenía de presidente a Hoover, encargado de promulgar leyes contra los migrantes, parecido a lo que estamos viendo estos días, aunque lo actual no tiene comparación en crueldad y en consecuencias”.
Los muertos cuentan
En la ponencia, la colaboradora de este diario lanzó varias preguntas, entre ellas: ¿qué significa descender de hombres y mujeres enterrados en fosas comunes? Comentó que las interrogantes en torno a sus ancestros le recuerdan que los muertos cuentan, en el sentido de que se puede compartir una historia.
“Las preguntas que emanan de su exhumación, incluso de una exhumación hecha sólo de nombres propios, impugnan a la violencia que los llevó a la fosa común y alumbran también el camino para otro porvenir, porque, insisto: no tenía que ser así. No tiene que pasar de esta manera. La no repetición es la definición última de la justicia.”
Esa grieta o dolor que deja una fosa común cuando se pregunta el nombre de un familiar es parte fundamental de la pesquisa que da origen a su libro Autobiografía del algodón. La narradora indicó que durante el proceso creativo le llegaron susurros e imágenes con el movimiento de los árboles sobre Florentino y Amado, sus ancestros.
Recordó el accidente que tuvo en una bicicleta y cómo terminó en el hospital. “En los breves momentos de lucidez, quise contar sus historias sólo para derrumbarme una vez más en la oscuridad de la amnesia. Florentino, Amado, los dos habían sido enterrados en la sección de fosas comunes de cementerios del norte de México, porque sus padres, mis abuelos, no tuvieron dinero necesario para pagar una sepultura particular”, compartió.
Rivera Garza mencionó que en México “las fosas comunes de gran diversidad de cementerios congregaron con mucha frecuencia a cadáveres desconocidos, aquellos a los que ninguna familia reclamó como propios, y a los indigentes, evidencia de la violencia estructural que constituye la pobreza extrema”.
Desaparición, pobreza y muerte
En su ensayo, también se refirió a lo difícil que es llevar el duelo cuando no hay nombres ni cuerpos, o “cuando todo lo que queda es un sitio donde se aglomeran un montón de esqueletos confundidos. ¿De qué manera los que encuentran su último refugio en una fosa común nos conminan a continuar el diálogo con ellos, no sólo alargando así su estancia entre nosotros, sino también lanzando al mundo las preguntas sobre los restos, que son, de manera inescapable, preguntas sobre la producción de desaparición, pobreza y muerte”.
La también socióloga destacó la labor de los familiares de las víctimas –madres, esposas, hermanas, amigas– que, en colectivos independientes, escarban la tierra y la huelen de cerca para hallar a sus seres queridos.
Para Rivera Garza, son rastreadoras que rompieron con la indolencia: dejaron empleo, casa, rutina y hasta a su propia familia para no dejar a sus muertos en el olvido.
Al finalizar la conferencia, la escritora respondió preguntas de los asistentes sobre escritura y teoría.
Aclaró que es una autora que sí ve a los lectores, como eso, no como clientes. “Pienso que estoy jugando un ajedrez perverso, entrometido, a veces letal, donde tenemos que irnos siguiendo los unos a los otros. Y, claro, el autor, la autora, es mejor que vaya descubriendo las cosas al mismo tiempo que el lector, porque si no va parecer una cosa supermanipuladora y nadie quiere que lo manipulen, menos los lectores”.
La presidenta del Colegio de México, Ana Covarrubias, y Alfonso Medina, director del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios, acompañaron a Cristina Rivera Garza en su conferencia.