EL PAÍS. Hay restos de un decorado hundidos en el barro, entre trozos de madera y lonas de plástico. Una pierna bajo la mesa de un restaurante, en la que se distingue un moratón discreto e inquietante. Un vertedero de lavadoras abandonadas en un solar árido y un busto clásico ampliado en una valla publicitaria, en medio de un paisaje rural sin épica. Son algunas de las viñetas reunidas en la primera gran exposición dedicada a la fotografía de Yorgos Lanthimos (Atenas, 52 años), que puede verse en Onassis Stegi, el centro cultural de la Fundación Onassis en Atenas, hasta finales de mayo.
Para Lanthimos, que saltó a la fama como líder oficioso de la nueva ola griega con Canino y luego conquistó Hollywood con La favorita, la fotografía es un territorio de libertad frente a la maquinaria industrial del cine. “Me da mucha autonomía. Puedes trabajar solo, caminar por donde quieras y hacer fotos sin un plan previo”, contaba hace unas semanas en la capital griega. “La fotografía requiere menos recursos y es más libre porque significa cosas distintas para personas distintas. En ese sentido, las fotos son más abiertas que el cine, que opera dentro de un marco más cerrado, incluso cuando es experimental”.
Una de las imágenes de la serie 'No Word For Blue'.Yorgos Lanthimos
La muestra reúne series vinculadas a sus tres últimas películas, Pobres criaturas, Kinds of Kindness y Bugonia, que ya han dado lugar a tres libros de fotografía publicados por Mack. Pero también un centenar largo de imágenes inéditas tomadas en Grecia y reunidas bajo el título No Word for Blue, que componen un retrato del país deliberadamente alejado de su iconografía turística. No hay postales del Egeo de aguas turquesas, sino márgenes urbanos, ruinas modernas, construcciones a medio hacer y otros fragmentos de un paisaje intervenido por la presencia humana.
Aun así, Lanthimos rechaza que se trate de un comentario sobre el estado actual de su país o, por extensión, de Europa. “No creo que contengan una tesis, pero es cierto que no me interesaba repetir la postal turística de Grecia, que ya está por todas partes. Prefería revelar capas que no se perciben de inmediato”, afirma el director, tan amable como parco en palabras. El resultado es una investigación visual sobre un mundo en el que conviven belleza y terror, decadencia y absurdo. “No sé si esas cualidades definen nuestro tiempo, pero desde luego las veo por todas partes”, dice el director.
“La fotografía es más libre y abierta que el cine, que opera dentro de un marco más cerrado, incluso cuando es experimental”
Hay en esas imágenes una afinidad evidente con las mezclas absurdas de su cine. Se impone un mismo gusto por lo tonalmente ambiguo, por lo venido a menos, por el reverso de las cosas o por ese rincón que nadie mira. “Sí, me gusta ver contradicciones, sean las que sean, y yuxtaponer cosas distintas, encontrar belleza en lo trivial o en lo que consideramos grotesco o terrible”, asiente Lanthimos. “Me interesa transformarlas al retratarlas, sobre todo en la fotografía en blanco y negro, que dota de abstracción a las cosas de la vida cotidiana”.
Las fotografías realizadas en los márgenes de sus rodajes fueron tomadas en Nueva Orleans y Atlanta, o en las ciudades imaginarias construidas en un estudio de Budapest. Con todo, no funcionan como simple documentación de sus proyectos en el cine. Incluso cuando aparece el rostro de Emma Stone, indisociable de su obra reciente, se percibe una mirada que busca una lógica propia. Durante el rodaje de Pobres criaturas, esa práctica adquirió una dimensión casi artesanal: el director revelaba negativos en un laboratorio improvisado en el baño del hotel, con la ayuda de Stone, en una rutina nocturna que convirtió la fotografía en un momento de calma y silencio frente al caos diurno de la filmación.
La actriz Emma Stone, durante el rodaje de 'Pobres criaturas'.
Su relación con la fotografía viene de lejos. En la escuela de cine Stavrakos, en Atenas, Lanthimos descubrió a Diane Arbus, Robert Frank o Joel-Peter Witkin, y empezó a fotografiar escenas de la vida diaria. Más tarde, durante sus primeros rodajes, siguió llevando una cámara encima para retratar las bambalinas. Perdió la costumbre a medida que crecían los presupuestos y le imponían fotógrafos de plató con una mirada algo más convencional. Si se le mencionan nombres que parecen resonar en sus imágenes, los de paisajistas del siglo XX como Lewis Baltz, Robert Adams o Lee Friedlander, rebaja cualquier filiación directa, aunque atribuye su influencia a una educación visual “muy estadounidense” durante los años noventa.
La exposición coincide con su regreso a Grecia. Después de pasar una década en Londres, Lanthimos volvió a instalarse en Atenas en 2021, convertido ya en uno de los grandes autores del cine contemporáneo, y empezó a fotografiar un país que ya no conocía. Nacido en el barrio ateniense de Pagrati, hijo de un jugador de baloncesto que compitió con la selección griega —él mismo también jugó en un equipo local— y de una madre que murió cuando él tenía 17 años, estudió administración de empresas y terminó encontrando su camino en el teatro experimental, los videoclips y la publicidad. Su cine ha sido descrito muchas veces a partir de la crueldad, el absurdo o la frialdad quirúrgica.
Otra de las fotografías de Yorgos Lanthimos expuestas en Atenas.Yorgos Lanthimos
En estas fotografías, sin embargo, aparece algo más vulnerable y tierno. “Tienes razón. Es porque amo a Grecia, o porque he aprendido a amarla otra vez”, asiente. “Viví en Londres 10 años, y eso me dio la distancia adecuada para volver a quererla de otra manera, aceptando lo que es. Forma parte del proceso de encontrar belleza en lo que puede ser feo o estar destruido. Así que sí, estoy aprendiendo a querer otra vez a mi país. De ahí viene ese sentimiento de ternura”.
Sorprende escuchar esas palabras en boca de un director tan partidario de la distancia irónica. El retorcido cine de Lanthimos suele encerrar una forma de extrañamiento, con mundos cerrados con reglas absurdas y personajes atrapados en sistemas de poder ridículos. “Es verdad que soy muy partidario de la distancia. Me ayuda a ver con más claridad lo que está ahí en esencia. Si te implicas demasiado en algo, si te acercas en exceso, puedes acabar perdiendo muchas de las complejidades y capas”.
Una de las imágenes de la serie 'No Word For Blue'.Yorgos Lanthimos
Aunque, en estos tiempos, Lanthimos admite que no siempre logra practicar lo que predica. Cuando se le pregunta cómo observa el momento actual, responde sin rodeos: “Con horror”. ¿Es posible mantener el desapego y la impasibilidad ante el derrumbe? “De algún modo todos lo hacemos, ¿no? Aquí estamos, inaugurando una exposición y haciendo una entrevista, mientras caen bombas por todas partes, incluso bastante cerca de nosotros”, responde. Los seres humanos, añade, tienen una tendencia a seguir con lo suyo hasta que ya no pueden más. “Pienso en quienes viven en condiciones extremas, como los palestinos. No puedo imaginar de dónde sacan fuerzas para seguir adelante”.
Esa distancia irónica, que para Lanthimos ha sido siempre una herramienta de trabajo, encuentra hoy un límite difícil de ignorar. “La mayor parte del tiempo es más fácil apartar la vista, mirar el mundo a distancia, que implicarse. Pero últimamente eso se ha vuelto imposible”. Esa imposibilidad de desentenderse de la destrucción que nos rodea se ha vuelto, para él, una evidencia: “A estas alturas ya nadie puede decir: ‘No me interesa la política’ o ‘Yo no soy una persona política’. A estas alturas, o eres perfectamente consciente de lo que está sucediendo o estás muerto”.