THE NEW YORK TIMES. Tulsi Gabbard, directora de inteligencia nacional de Estados Unidos y partidaria de una política exterior más moderada, presentó el viernes una carta de renuncia al presidente Donald Trump, en la que decía que se apartaba de su cargo para apoyar a su esposo después de que recientemente le diagnosticaran a este un tipo inusual de cáncer de huesos.
La salida concluirá el accidentado mandato de Gabbard como supervisora de las 18 agencias de inteligencia estadounidenses, durante el cual la Casa Blanca la había marginado en gran medida en cuestiones importantes de seguridad nacional, incluidas las operaciones militares en Irán y Venezuela.
El año pasado, Trump formó un segundo gobierno con una inusual mezcla de partidarios de línea dura en materia de política exterior en una esquina y críticos de los conflictos estadounidenses en el extranjero, como Gabbard, en la otra. Pero Gabbard y su ala se vieron cada vez más marginadas en los últimos meses, y su salida marca la salida más significativa hasta ahora de la coalición de moderadores.
En su carta de renuncia, Gabbard dijo que permanecería en su puesto de directora de inteligencia nacional hasta el 30 de junio.
“Mi esposo, Abraham, ha sido diagnosticado recientemente con un tipo extremadamente inusual de cáncer de huesos”, dijo Gabbard en su carta, cuya oficina hizo pública. “Se enfrenta a grandes retos en las próximas semanas y meses. En este momento, debo apartarme del servicio público para estar a su lado y apoyarlo plenamente en esta batalla”. Gabbard está casada con Abraham Williams, director de fotografía, desde 2015.
Trump anunció que Aaron Lukas, adjunto de Gabbard, sería el director en funciones de la inteligencia nacional.
No estaba claro a quién pretendía nominar Trump para sustituir a Gabbard, veterana de combate y excongresista demócrata por Hawái que se presentó a las elecciones presidenciales de 2020 antes de romper con su partido para apoyar a Trump en 2024.
Trump no obligó a Gabbard a dimitir el viernes, según personas familiarizadas con el asunto, pero su prestigio e influencia dentro de la Casa Blanca habían seguido erosionándose en los últimos meses.
En una publicación en la red social Truth Social, Trump le agradeció sus servicios en el gobierno. “Tulsi ha hecho un trabajo increíble y la echaremos de menos”, escribió.
Los demócratas, aunque expresaron su simpatía por Gabbard y su marido, dejaron claro que estaban consternados por su actuación. “Seamos claros: Donald Trump no debe tratar esta vacante como otra oportunidad para recompensar la lealtad por encima de la competencia”, dijo en un comunicado el senador por Nueva York, Chuck Schumer, líder de la minoría.
Gabbard había sido una figura controversial en el gobierno de Trump. Rara vez se la veía en el lugar en el que Trump tomaba decisiones importantes en materia de seguridad nacional, y tanto el gobierno como los legisladores del Congreso la consideraban una integrante no clave del equipo del presidente.
Sus problemas comenzaron poco después de que fuera confirmada en el cargo por un estrecho margen el año pasado, tras una audiencia de confirmación especialmente polémica. Varios senadores republicanos se unieron a los demócratas para interrogarla agresivamente sobre algunas de sus opiniones pasadas, incluida su defensa del excontratista de inteligencia Edward Snowden y de Bashar al Asad, el depuesto dictador sirio.
Como feroz crítica de la guerra de Irak, Gabbard se alineó estrechamente en ocasiones con el vicepresidente JD Vance. Pero eso la situó fuera de sintonía con Trump y muchos de sus asesores más influyentes, entre ellos el secretario de Estado, Marco Rubio, y Stephen Miller, jefe adjunto de personal de la Casa Blanca, quien presionó a favor de una política exterior cada vez más agresiva en América Latina e Irán.
A pesar de sus puntos de vista opuestos en política exterior, Gabbard gestionó en ocasiones su relación con Trump, y se ganó su apoyo con su trabajo en materia de seguridad electoral y su aparición sorpresa a principios de este año en una incautación por parte del FBI de papeletas de votación de 2020 en Georgia.
Y Gabbard agradó a Trump con sus críticas a las investigaciones de la era Obama sobre la intromisión de Rusia en las elecciones. “Es más guapa que nadie. Ahora mismo es la más atractiva de aquí”, dijo Trump el pasado julio, después de que Gabbard replicara sin pruebas las afirmaciones de que el gobierno de Barack Obama había exagerado deliberadamente sobre la injerencia de Rusia en las elecciones de 2016.
El elogio se produjo apenas unas semanas después de que Trump fustigara a Gabbard por un video que había grabado durante un viaje a Asia y que él consideró autopromocional, según dos personas con conocimiento de lo sucedido.
Pero mientras complacía y decepcionaba a Trump por turnos, Gabbard entabló rápidamente una tensa relación con la CIA y con la comunidad de inteligencia estadounidense en general, según funcionarios y exfuncionarios estadounidenses. Presidió una importante rotación de personal en la sede de su agencia en Liberty Crossing, Virginia, y apoyó los esfuerzos de Trump por rescindir las autorizaciones de seguridad de los funcionarios de inteligencia considerados desleales o corruptos por el presidente y sus aliados.
Trump había dado a Gabbard el mandato de reducir el tamaño de su oficina, y ella lo llevó a cabo con vigor. Redujo drásticamente el Centro de Influencia Extranjera Maligna, que rastreaba los esfuerzos de los adversarios por interferir en la política estadounidense, e introdujo otros cambios.
Pero su prestigio cada vez más limitado dentro del gobierno se hizo más visible en los últimos meses. Durante la planificación de los ataques a Irán y la incursión militar en enero para capturar al ahora depuesto presidente de Venezuela Nicolás Maduro, fue el director de la CIA, John Ratcliffe, quien se erigió como la voz más influyente en materia de inteligencia. Cuando se reunían los asesores más cercanos de Trump, era Ratcliffe quien presentaba las evaluaciones de inteligencia, no Gabbard.
Las tensiones entre la CIA y la Oficina del Director de Inteligencia Nacional, creada tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 para garantizar una mejor coordinación de la inteligencia estadounidense, aumentaron durante los 15 meses de mandato de Gabbard debido a lo que algunos funcionarios de inteligencia consideraron maniobras políticas. Gabbard le retiró la autorización de seguridad a un alto funcionario de la CIA que había sido seleccionado para una misión en el extranjero. Destituyó a algunos respetados funcionarios de carrera de la CIA de los puestos que ocupaban en su oficina.
También hubo batallas territoriales. Gabbard trató de trasladar la producción de partes del Informe Diario del Presidente —un compendio diario de los datos de inteligencia más importantes generados por las agencias de espionaje estadounidenses— de la sede de la CIA a la suya. Aunque la oficina de Gabbard supervisa el informe, gran parte del trabajo de recopilación del material para el presidente y otros altos dirigentes se realiza en la CIA.
Gabbard también estaba enzarzada en una disputa con el FBI sobre si su oficina debía tener la supervisión definitiva de los esfuerzos de contrainteligencia, de los que el FBI ha sido durante mucho tiempo el principal responsable. Los dirigentes del FBI también estaban molestos por los esfuerzos de Joe Kent, exdirector del Centro Nacional de Lucha contra el Terrorismo y estrecho colaborador de Gabbard, por investigar el asesinato de Charlie Kirk, el activista conservador.
Kent dimitió en marzo, citando sus objeciones a la guerra con Irán. Otra aliada, Amaryllis Fox Kennedy, anunció este mes que dejaba su puesto en la oficina de Gabbard para ocupar otro cargo en la Casa Blanca. Estas salidas alimentaron las especulaciones de que Gabbard podría ser la próxima en salir.
Olivia C. Coleman, portavoz de Gabbard, rebatió las versiones de que Gabbard había estado en conflicto con la Casa Blanca.
Gabbard será la cuarta integrante del gabinete del segundo mandato de Trump en dimitir, tras la exfiscal general Pam Bondi, la exsecretaria de Seguridad Nacional Kristi Noem y la exsecretaria de Trabajo Lori Chavez-DeRemer. Las cuatro son mujeres.
El viernes presentó su dimisión y la firmó: “Con amor y aloha”.